Capítulo 11: Gustavo Bueno y la verdad del poema “Suelta mi manso mayoral extraño…”, de Lope de Vega.

Crítica del análisis que Gustavo Bueno hace de este poema. Expresada de forma sintética, nuestra crítica se resume en los siguientes dos puntos:

Punto 1: Gustavo Bueno, en El individuo en la Historia, explica perfectamente el pasaje en el que Aristóteles afirma que la poesía es más filosófica, en el sentido de ser más científica, que la Historia, pues aquella trata de lo universal, mientras que esta trata de lo particular. Nosotros sostenemos que Aristóteles se refería a aquella universalidad de la poesía porque la literatura de su tiempo (la tragedia, fundamentalmente) tenía como finalidad la construcción de tipos humanos dedicada a aleccionar al público, su finalidad era lograr una paideia, una educación, una moralización del público y, para ello, debía presentar una serie de tipos que, en aquel contexto (programático o imperativo), actuaban, efectivamente, como universales. Bueno lo detecta y analiza perfectamente pero no sabe salir de Aristóteles. Y por eso, porque no sabe salir de Aristóteles, replica la idea de la construcción de tipos humanos, de universales, en la poesía de Lope, lo cual, es, según nuestro criterio, del todo impertinente.

Punto 2: Nuestra crítica a Bueno es que don Gustavo, en muchas ocasiones, niega a la literatura todo contenido de verdad y la relega al ámbito del recreo y lo lúdico pero, en otras ocasiones, como en su análisis del ciclo de poemas de Lope dedicados al manso, sí concede a la literatura la objetivación de unas determinadas verdades («eterno femenino»). En este sentido, nosotros sostenemos que la teoría literaria de Bueno sobre esta cuestión entra en contradicción.

Pasaje de «Poesía y verdad» que leemos y criticamos en este capítulo:

«Al quedar anegada la singularidad de Elena Osorio en la figura específica de un manso –es decir, al manifestar que su “querencia singular” no es arbitraria, caprichosa y temporal, sino necesaria e intemporal, “eterna”, sin dejar por ello de ser singular– es cuando la singularidad femenina, ligada (o destinada) precisamente a la singularidad del pastor que también se supone destinado a ella (otro tanto se diría si tras el manso opusiéramos a un sujeto masculino, interpretándolo en “clave homosexual”) se manifiesta poéticamente como impulsada por un “eterno femenino”, que está más allá de la singularidad contingente; del mismo modo, el pastor o el mayoral se verá atraído no tanto por una singularidad empírica, sino por el “eterno femenino” que actúa tras ella. “Todo lo perecedero –dice el coro místico al final del Fausto de Goethe– no es más que una figura. Aquí lo inaccesible se convierte en hecho, aquí se realiza lo inefable: lo eterno femenino nos atrae hacia lo alto”. Y por ello la poesía es más filosófica que la historia (que la biografía), porque aquella trata de lo universal, y ésta cuenta lo que le sucedió, por ejemplo, a Alcibiades».

«Poesía y verdad», de Gustavo Bueno.